Los que vamos teniendo una edad, oímos algarrobo y nos acordamos del compañero de Curro Jiménez, bruto, fuerte y noble, fiel compañero.
Los más mayores aún, piensan en la posguerra, en la harina de sus vainas y lo útiles que eran para matar el hambre, en unos años en la que esta campaba a sus anchas por muchos hogares.
Ahora, si tienes suerte de encontrar a alguien que sepa como son, quizás te diga que se usan para alimento de bestias y poco más.
Luego están los balaperdías, que en un paseo con su viejo gruñón por la vía verde del pueblo, se topa con un algarrobo, se entretiene en coger una vaina y le da por sembrar los granos en vasitos de yogur, et voilá, aparece una pequeña plantación de algarrobos.
Díscola neurona, espero que se le ocurra algo de aquí a poco, para ver qué se hace con ellos.
Siempre sorprende,
entreteje la vida
hilos impensables.
RMA
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