En un rincón de este planeta, existe un pequeño paraíso, regado por las aguas que recogen unas sierras calizas, que absorben con avidez las lluvias para luego mansamente hacerlas manar en innumerables y borboteantes veneros, los cuales a través de cañadas corren formando arroyos y estos uniéndose en un río.
La sabía gente del lugar, llenó está fértil tierra de canales y acequias y a su vez en partiores y almorrones, que más que cicatrices a flor de tierra son venas y arterias que llevan el preciado líquido hasta las mismas raíces que alimentan ese vergel.
En cada porción de paraíso, lo normal del populacho era no dormir a cielo raso, así que se construían, lo que venía a ser una vivienda, con gruesas paredes de argamasa y piedra (todavía no existía la termoarcilla) y techumbre de vigas de madera, cañizo y yeso para cerrar el techo y así poder poner sobre él las tejas que mantendrían el hogar seco, hogar de gente humilde y trabajadora.
En la puerta, un llanete con su emparrado y su arriate y un poyo donde sentarse a tomar el fresco, poder sacar unas sillas, una mesa donde retomar fuerzas tras una dura jornada.
Gente, que desde que calzaban las sandalias de los romanos o los turbantes arabes dieron fama y renombre a una tierra rica y fértil que brillaba y brilla por sus apetitosos frutos.
El sol se oculta
tras la higuera y el nogal,
vuelan murciélagos.
RMA