Llegando la noche más grande del año, después de la cena, aparecían por casa de la abuela Mama Loles, tropecientos mochileros, Magenio con la zambomba, Capullo con la botella de anís y el tenedor, Pitrenque con su nariz de Papá Noel, Churrete montando jaleo y una Reina Jigona con su sonrisa pintada en el corazón,que le llegaba de una oreja hasta la de más allá, todo ello aderezado con el coro de San Ildefonso que formaban todos los chiquillos que tenían como denominador orgulloso y común el ser nietos de Mama Loles.
Actuaban de anfitriones Miri y su prole pues vivían con la matriarca de tan humilde e insigne clan.
No por esperada, era menos celebrada tal visita, conmemoraba el nacimiento de un niño que venía a alumbrar el mundo y lo hacía uniendo a una gran familia, marcada por la desgracia de un padre que se fue mucho antes de lo deseado y la gran fortaleza de una mujer capaz de sacar adelante a sus seis soles en tiempos duros de posguerra con mucho amor y más trabajo.
Había una pequeña oveja descarriada, que cuando sentía el barullo salía corriendo escaleras arriba, simulaba que no le gustaba tanta alegría, pero se acurrucaba en el rellano de la escalera a escuchar las risas y los villancicos, imaginándose a ese niño en el pesebre, en el frío de la noche, acurrucado con el calor que desprendía tanto amor y alegría, una humilde familia, de un lugar perdido del mundo, que lo tenían como faro.
Con el paso de los años, esa descarriada ovejita se transformó en soberbio carnero y será por los años, o los adornos que estos mismos años te ponen en la testa, el caso es que te dan otra perspectiva. Lo que antes era una invasión, ahora lo ves con ternura y aprecias el amor y la alegría que flotaba en el ambiente, cada uno aportaba lo mejor de sí para que la fiesta fuese única e inmejorable.
Bueno, todos menos uno.
Vuela una estrella
indicando el camino,
camino de luz.
RMA
No hay comentarios:
Publicar un comentario